La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
Te quiero sólo para un sueñoSiguiendo instrucciones imprecisas de lo que viene a ser mayormente (Fiti dixit) la tiranía del lector, Ernesto, de Euskal Show, y servidora hemos escrito —a partir de un verso de Pessoa que les da título— los dos relatos que siguen a continuación donde el primero, en todo, es el de mi invitado. Y dice así: Mieres (Asturias), 1954 La noche de bodas, no hicieron el amor. Apenas ella se desprendió del vestido, que había sido de su madre, todo se precipitó a la catástrofe. - Dime que no la querías. Él la miró, incrédulo, desde la cama. Nunca, en tres años de noviazgo, habían hablado de eso. "Vaya un momento para sacar el tema", pensó Alberto. O, tal vez, en el silencio de piedra que se erigió entre los dos, sólo acertó a pensar -aturdido- un prosaico "la cagaste, muchacho, hoy no te estrenas". Aunque, lo más probable es que no acertara a pensar en nada, limitándose a sentir un repentino calor pulsante en las orejas. - Contesta. Dime que no la querías. Lo dijo desde el centro del dormitorio, con los brazos en jarras, frunciendo el ceño, alzando peligrosamente la voz. - No grites, que te oirán mis padres-, suplicó Alberto, señalando hacia la habitación contigua. - Me da igual. Contéstame. - Pero, mujer, ¿no te parece que "ahora" no es el momento de hablar de esas cosas? Prendió un "Antillana" -corto, sin filtro, con el papel dulce- y aspiró con fuerza, calzándose las babuchas, exhalando después una bocanada de humo azulado, con gesto de fastidio mal disimulado, avanzando hacia ella hasta posar las manos en sus hombros y mirarla con media sonrisa forzada. - Venga, déjalo ya, cariño. Marta no le miraba, no le quería mirar. - No me toques, cerdo. Me das asco-, escupió con voz desconocida, saltando un paso atrás. Alberto pensó -entonces sí, lo recordaba bien- que aquello no le podía estar pasando a él. Que aquella dulce criatura, de inmensos ojos limpios, no podía ser capaz de concebir y pronunciar semejantes palabras. Que tenía que ser un mal sueño del que, sin duda, despertaría en cualquier momento y todo se disiparía como el humo del pitillo por la ventana. Pero el temporal arreció. Con una imposible voz agudísima, que amenazaba despertar no ya a sus padres sino a todo el vecindario, se fueron atropellando los insultos. - Hipócrita, asqueroso, sinvergüenza, ¡canalla! Le golpeaba el pecho con los puños. - Aún quieres a aquella zorra, ¡no lo niegues! La voz sonaba cada vez más ronca, hasta volverse un estertor informe. Le arañaba la cara y palmoteaba al aire, tratando de cogerle el pelo. De un manotazo, le tiró las gafas. Las pisó, furiosa, haciéndolas añicos. Alberto permanecía estupefacto, como una estatua lívida, con los ojos muy abiertos y los brazos desfallecidos, sosteniendo aún el cigarrillo que se había olvidado de fumar. Y siguió inmóvil, sin saber qué hacer o qué decir, mientras Marta parecía ahogarse en un incomprensible parloteo gutural, tumbada en el suelo, con los ojos en blanco y una estridente respiración pedregosa. Mucho tiempo después, o tal vez sólo unos segundos más tarde -nunca supo precisarlo, cada vez que rememoró aquella escena a lo largo de su vida-, la arrastró como pudo hasta la cama, la arropó, guardó los trozos de sus gafas en un bolsillo de la americana -extrañado de ver su ropa compartiendo armario con la de ella-, se fumó todo el paquete de "Antillana" asomado al balcón sin poder pensar en nada y se echó a dormir en el sofá de la sala cuando ya amanecía. Le despertó el ajetreo de su madre, trasteando en la cocina con el desayuno y, antes de que pudiera verle, se deslizó al dormitorio para no dar explicaciones. Marta dormía apaciblemente, como si nada hubiese sucedido. Se acurrucó en el borde de la cama, con mucho cuidado de no rozarla, de no despertarla, conteniendo la respiración. Y volvió a dormirse, imaginando cómo hubiesen podido ser las cosas si él se hubiese comportado de otra manera durante lo que, el resto de sus días, decidió llamar "La Escena". Si, desde el principio, le hubiese mentido: "No, no la quería, sólo me daba lástima de ella porque estaba ya muy enferma; compréndelo, estábamos comprometidos y con la boda a fecha puesta, me sentía muy atado: por ella, la enfermedad, las familias, el qué dirán... Mieres es muy pequeño; pero no la quería; era todo una inercia, un noviazgo desde críos, una madeja; no tenía escapatoria, sólo la muerte, su muerte, únicamente ésa era la salida y, cada vez que lo pensaba, me sentía sucio, despreciable; por eso huía hacia delante, engañándole a ella, a su familia y a todos los demás, a mis amigos, a todo el pueblo, componiendo la figura trágica del viudo prematuro, compungido, a cuyo paso murmuran las comadres `pobrecillo, qué mala suerte´: construyendo a conciencia un personaje de ficción, atribulado, un farsante, sí, tienes razón, que no sabía qué hacer con aquella enorme piedra de molino amarrada al cuello y sólo acertó a hacer el ridículo". O si, además de decirle todo esto, hubiese añadido: "Su muerte fue una liberación, lo confieso". O si, en lugar de todo lo anterior, le hubiese dicho simplemente "Te quiero a tí". O si, en mitad de La Escena, en completo silencio, le hubiese estampado un bofetón. O si, en vez de quedarse paralizado y mudo, la hubiese sacudido por los hombros y le hubiese gritado -bien fuerte- no sé qué cosa, porque al llegar a este punto ya estaba profundamente dormido en el canto del colchón, encogido como un feto de treinta años que yace junto a una esposa virgen, repentinamente desconocida, sin más consuelo que el reconfortante sonido lejano de mamá preparando el desayuno. Cuando despertó, el sol estaba alto y Marta se vestía canturreando. - ¡Vamos, dormilón!, no tenemos mucho tiempo. El tren a Valencia, pasaba a la una. Alberto saltó de la cama, estrelló un poco de agua helada contra su cara, se vistió, extendió brillantina en su pelo y se peinó hacia atrás. Salió con Marta al salón, besó a su madre -que fingió ignorarlo todo-, picoteó algo en silencio y sin apetito, se despidió taciturno como quien parte en viaje de negocios y caminó hasta la estación con Marta de la mano y una gran maleta azul que pesaba como un muerto. Se sintió acarreando su propio cadáver. La estación era pequeña, blanca, con puntillas de madera en el alero y un reloj oxidado parado a las tres. Se llegaba en dos pasos, porque el jefe de estación -el padre de Alberto, Don Alberto Castillo- era ferroviario como otros son marinos, por vocación. Inevitablemente, las casas por las que había ido dando tumbos, al antojo de "RENFE", por media España, estaban siempre al borde de las vías: su mar de raíles brillantes surcado por trepidantes locomotoras de vapor, como barcos asmáticos. "¡El progreso!", solía exclamar -con ojos de enamorado- al paso del Correo de las diez, mientras su fiel amigo el factor Vallina, invariablemente, escupía y añadía entre dientes "que le den por culo". Y Alberto le recordaba así, siempre maldiciendo, aún cuando el pobre hombre se esforzaba, ahora, por ser ceremonioso en la despedida, llevando la aparatosa maleta azul que pesaba como un muerto: "que tengan buen viaje y feliz luna de miel. Y no dejen de ir a Barrachina, ya verán qué horchata". Con la nariz pegada a la ventanilla, Alberto le miró dar la salida, agitando el farol. Y había una insoportable melancolía en aquel gesto desgarbado del minúsculo hombrecillo, casi perdido dentro del traje dos tallas mayor. El silbido de la locomotora, escocía como un arañazo. De pronto, se miraron y supieron que estaban solos el uno con el otro, o tal vez sólo el uno junto al otro, o frente a frente, a bordo de un vagón de segunda decorado con fotos desvaídas de las murallas de Ávila, oliendo a zotal y carbonilla, sin saber de qué hablar, o sabiéndolo y deseando eludirlo, o queriendo que el otro no fuese el que era sino "otro" distinto con quien poder hablar de otra cosa cualquiera, o con quien no fuese preciso hablar de nada en absoluto. Entonces, se besaron. Pero ni ésa, ni todas las demás veces que se besaron a lo largo de su vida, fueron capaces de saber a quién de todos ellos daban un beso. El nudo que le ceñía el abrigo al cuerpo y que ella liberó dócilmente, aprisionó su garganta. Tomaron asiento, soltó el sobre que apretaba en el bolsillo de la americana y cogió su mano. Qué olor desprendía. No había duda de que aquella era la mujer más hermosa de cuantas había conquistado. Hablaba y hablaba riéndose a carcajada limpia, desbordándose en cada gesto. Amándole, sí, removiendo el café y amándole. Sin más amándole y toda su calidez regalándole. Era muy callada y nada curiosa, no le hacía preguntas ni le ponía al corriente de sus cosas, pero sí plantaba un gesto grave y atento mientras él le contaba las suyas. Tenía aptitud para compartir momentos de la vida. Para prender su corazón subiéndosele encima, demorándose en caricias y dejándose atravesar sobre la colcha de la cama de hotel; mientras él casi cruzándola, con todo apetito devorándola hasta que se saciaban y despedían y ella entre te quieros dulces, ponía una mano sobre su mejilla y sonreía hasta la siguiente vez en un blando abandono. Y siempre era un milagro. Siempre se llenaban hasta que el cuerpo le pedía más, que se le secaba urgente, y una llamada telefónica se la traía de vuelta. Te quiero sólo para un sueño, susurraba ella sobre su boca. Sólo para un sueño, repetía él, inconsciente. Los edificios se sucedían a velocidad creciente. Más lejos, más. Mecánica y rápidamente, los molinetes de la maquinaria lo alejaban del único lugar del que no quería irse. Le echó un nuevo vistazo al contenido del sobre y casi estrujándolo volvió a retirarlo. Era imposible. Por cómo se deshacía entre sus brazos, imposible. Pensaba y procuraba no moverse en su asiento, creía que la presión de la distancia iría sacándole el brazo de la garganta, confió en que conforme los metros corrieran imparables, aquella duda menguaría hasta quedar reducida al alivio. Realmente lo esperaba y convencido, tampoco miraba a parte alguna, apenas pestañeaba, mano sobre mano con los dedos abriéndose al vacío. Sinceramente roto. Avanzando con pie de hierro contra sí mismo. La muchacha había sido novia de un subordinado suyo. En una comida de empresa la casualidad quiso que tropezaran y ella le derramara la copa encima, se disculpara, rieran y acabaran dándose sus números de teléfono. Él gastó cuanto pudo hasta colmarla de regalos, y ella no tardó ni una semana en aceptar el cambio. Él, director de una céntrica sucursal bancaria, sabría estar mucho más a la altura que aquel petimetre de interventor; y así habían pasado amantes las semanas hasta que la otra mañana, entre los expedientes de créditos pendientes de aprobación, encontrara un sobre cerrado conteniendo decenas de fotografías de la reciente cena de navidad, donde su queridísima, por casualidad, también había chocado con el jefe de zona, incluyendo unos primeros planos de las manos de ambos intercambiándose sus respectivas tarjetas de visita. Por eso él la había citado de urgencia con el miedo metido en el cuerpo, por eso le había hecho el amor como nunca antes, y también por y gracias a eso, ya de vuelta en su despacho se había convencido de lo falso de las acusaciones bajándole la duda al mínimo, tal y como había imaginado que pasaría durante el trayecto. Se preparó para llamarla. La despertaría, estaría atolondrada revolviéndose en sudores y eso le volvía loco, podría decirle cuánto la amaba y ella restauraría la normalidad a golpe de bostezos y ronroneos enamorados. Pero no contestaron, ni la primera vez, ni la segunda, ni la tercera ni la décima. Agotaba una llamada y otra y un cigarrillo y otro. Se le resbaló el móvil de las manos y se dejó caer sobre la silla, los brazos caídos como trapos viejos, al tiempo que se armaba la terrible secuencia en su cabeza. Al levantar la vista chocó con los ojos del interventor, del cajero y del portero de la sucursal, que cabeceando, siguieron con su trabajo. Antes de que la garganta terminara de cerrársele, su secretaria le pasó una llamada de la central. El jefe de zona quería hablar con él. La habitación oscureció lentamente, el entorno por contraste se volvió finito y su camisa roja, con esa luz, le convirtió en un gran coágulo de sangre. Viernes, 10 de Junio de 2005 10:50. Comentarios » Ir a formulario
Ahí va un mar de agradecimiento, de verdad de la buena: por publicar el bodrio (no sé si tus lectores te lo podrán perdonar, criaturas, hacerles esto) y por tus palabras demasiado elogiosas, tan inmerecidas. Lamento que las musas se te hagan las remolonas (pobres, necesitarán vacaciones, que les das unos tutes que me las tienes escoñaítas perdías, porque es que no paras). Espero que las metas en cintura pronto. Estoy deseando leer tu "réplica". Aprovechando la coyubtura, quiero hacer notar que "te quiero sólo para un sueño" es sólo un trocito (el primer capítulo) de un texto más largo (novela corta, o cuento largo, no sé), que arranca en Asturias (1954) y acaba en Barcelona (1969). Es la "crónica" de la generación de mis padres, la "generación perdida", que se creyó los boleros y vivió como le dijeron que lo tenía que hacer. Creo que tenía que decirlo. Lo que acabáis de leer, no es un relato (es "parte" de un relato). Teníais que saberlo para poder juzgarlo. (Espero que seáis benevolentes). Fecha: 11/06/2005 02:19.
"Coyuntura" (con ene de nabo, leñes). Perdón por la "disteclia". Fecha: 11/06/2005 02:22. Autor: Portorosa A mí me ha gustado bastante. Más cuanto más avanza; hasta el final, que me parece muy bueno. Y el fondo, lo que el protagonista siente, me parece que está muy bien expresado. Consigues que uno pueda imaginárselo muy bien, y entristecerse y amargarse con él. Felicidades. Fecha: 11/06/2005 15:51. Autor: La donna è mobile Me han venido a la cabeza varios conceptos que he aprendido hasta ahora (y que normalmente no aplico, pero tengo la osadía de recomendar, XDDD): -me dijeron hace tiempo (es discutible) que la literatura no tiene que ser demasiado visual. Si parece un guión cinematográfico no es literatura y viceversa (ambos casos son discutibles). -tiene independencia, a pesar de formar parte de un algo mayor, está dotado de personalidad propia y eso es bueno. -está muy bien llevado, tiene ritmo, yo quitaría algunas comas pero ¿qué voy a decir yo, principessa de los signos de puntuación? (Ay, qué atrevida es la ignorancia) -el final me encanta, el párrafo donde ambos se quedan a solas consigo mismos está muy logrado. -el lenguaje carece de artificio, me gusta esa forma de expresarse. -la historia no se hace obvia ni ortopédica en ningún momento, eso también es un punto a tu favor. Y ya, porque analizar nunca ha sido lo mío y a ti, a la vista está, no te hace falta. Voy a ver si consigo de una buena vez rematar mi parte, :-) Fecha: 11/06/2005 22:21. Autor: La donna è mobile También yo pienso escribir la historia de mi madre. Es impresionante. La otra tarde se lo dije de refilón y lo primero que me dijo fue "pero ¿tú crees que lo que yo pasé no lo ha pasado nadie?" a lo que yo le respondí "sí, mamá, estamos de acuerdo, está todo contado, pero la diferencia está en la forma de contarlo. Y enseguida cambió de opinión y empezó "pues la verdad es que alguien tendría que contar cómo eran las monjas —se refería a la institución y su edificio— y la huerta cuando yo era pequeña, en la post-guerra", y claro, si a eso se le añade la historia de su padre y de su madre, y ... y aquello otro de.... y lo de más allá, al final acaba habiendo material para una enciclopedia. Se ilusionó. A mí me emociona llegar a otra persona, saber que ha estado conmigo subida en un sentimiento, en una situación, tonta, pequeña, porque a mí sólo me han pasado tonterías. No quiero imaginar el alivio, la satisfacción, el orgullo que sentiría ella si todo lo que sabe acabara sabiéndose. Será un honor hacerle ese regalo. En fin, :-) Fecha: 11/06/2005 22:27. Autor: Portorosa Donna, creo que sin duda eres una de las cosas por las que más me ha valido la pena descubrir los blogs (con perdón por lo de "cosa"). Te lo digo sinceramente. Ya no tiene gracia como chiste, pero te lo repito: escribes muy bien. Acabo de leer unos adminículos caseros tuyos, y me han gustado mucho. Pero el del nacimiento de tu hijo, el del parto, me ha parecido genial (genial de "genio", no de "superguay"). De verdad, Donna, está muy bien, eres buena. No sigo para no hacerme pesado. Saludos de sábado nocturno en casa. Un beso. Fecha: 11/06/2005 23:15. Autor: La donna è mobile No te haces pesado, Porto-rosa, al contrario. Es difícil hacerse una idea de quién está detrás de las palabras, tampoco es necesario, ya ves tú; pero me miro las manos, y miro los dedos, y yo no los muevo por todo el mundo, aviso; no es vanidad, es otra cosa. Despertar los dedos de personas que tampoco los mueven por cualquiera es un completo orgullo, irracional, sí, pero... Sí que es bonito ese post, sí. Aquí es que hay ya bastante tela, :-) Gracias, Señor de. Fecha: 11/06/2005 23:34. Autor: Ardi Debería hacer comparaciones y, al mismo tiempo, debería no hacerlas. Ante la duda, no las hago. Me limito a elogiar el segundo texto también, de todo corazón, porque mi espíritu duro como pedernal me impide elogiar aquello que pienso que no lo merece... antes calladito que lameculos. Perono me pierdo en los detalles, porque estoy muy cansado. Buen argumento, bien contado. Merecerías figurar en el libro de honor de blogia. Ya sabes, vete preparando la cabecita para disecar, pegar en un tablón y colgarlo en la pared de trofeos... :) No hagas caso. Que bien, muy bien Fecha: 12/06/2005 18:04.
Excelente, Rosa. Y no es retórica. Ha merecido la pena esperar. Eres la reina de las figuras literarias inesperadas, sorprendentes, ésas que disparan emociones sin darte un respiro (¡acaba uno agotado!). Me ha gustado muchísimo. Me da vergüenza que me sigas elogiando (¡para ya, que en este "mundillo" hay mucho quisquilloso que me estará cogiendo manía!): tu texto sí que es bueno de verdad. Eres un regalo para todos. Que no nos faltes. P.S.: (He terminado un relato sobre la propuesta del señor PP, licenciado por Sigüenza, pero es tan tarde y estoy tan cansado... que lo colgaré mañana por la tarde en mi blog. Ya me dirás.) Fecha: 13/06/2005 03:05. Autor: La donna è mobile Bueno, muchas gracias a los dos peeeeeeeeeero me parece que ya estamos exagerando, ¿eh? será la nocturnidad, la alevosía, será el cariño que nos tenemos, pero... ea, que gracias y que voy a purgarme un poquito, que falta hace :-) (Después pasaré por vuestras casas con el aceite de ricino KING SIZE, proclamo) Un gran beso, Ardi el agotado (a saber lo que andarías haciendo: ¡y no vale decir "trabajando, hija, trabajando"). Un abrazo bien apretado, Ernesto, estoy deseando leer tu propuesta y cuando escriba la mía, en justa correspondencia, la colgaremos en tu casa, ¿te parece? Hala, pues ahora me voy a poner la rustidera, nada más por esto. Fecha: 13/06/2005 10:33.
Me parece un detallazo excesivo que cuelgues tu texto en mi casa, ¿no?. Además, ten en cuenta que me pillarás en posición ignominiosa, seguro, por efecto del jarabe de ricino (¡qué vergüenza!). Casi mejor haces como que te lías y me pones la rustidera en casa y el texto en donde se merece (o sea, en la tuya). ¡Qué lío! de "en tu casa o en la mía", leñes, que parece uno la señá Lorena. Besotes. Fecha: 13/06/2005 17:44. Autor: La donna è mobile ¡Pero si al lado del tuyo será un puro pegote! Jajaja, eres tú el que tendrás el detallazo, jolín, que no veas lo que te ha salido. Qué barbaridad, me ha dejado muy buen sabor de boca, gracias. Veré qué puedo hacer... (ahora ella sale del plano dándose con la sartén en la cabeza para estimular el crecimiento de ideas: lo que son las musas, mayormente) :-) Fecha: 13/06/2005 18:44.
Los dos cuentos son magníficos, con un arco narrativo bien tensado y bajo atemperado por su propio dramatismo. Me han gustado mucho. Y si el primero es el arranque de una novela, me gustaría saber cuándo y en dónde será publicado. Fecha: 12/10/2005 16:06.
Donna, por favor, no dejes de escribir las experiencias de tu madre. Nunca le harás mejor regalo y nunca nadie le habrá rendido un tributo tan hermoso. Ponte manos a la obra y te sugiero que lo hagas por entregas. Estaremos atentos. Fecha: 25/10/2005 16:45. |
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